La intensa balada de Serge y Gilbert

El imprescindible manga de Keiko Takemiya, pionero del BL y modelo a seguir durante largo tiempo, llegó a su esperado desenlace. El destino aguardaba un último obstáculo al amor entre sus dos jóvenes protagonistas.

Desde mediados de los 90, los aficionados españoles habíamos oído hablar regularmente de Kaze to ki no uta, uno de los primeros romances homosexuales que alcanzaron gran éxito en el manga y que fue profusamente imitado durante los años 70 y 80. Parte de culpa tuvo la historiadora del arte y japonóloga alemana Jaqueline Berndt, que en su entonces popular libro El fenómeno manga (1995) habló largo y tendido sobre esta creación de Keiko Takemiya, integrante del llamado grupo del 24, un puñado de dibujantes que renovaron el manga para chicas en estética y temáticas a comienzos de los 70 y que tomaban ese nombre al haber nacido todas alrededor del año 24 de la era Shôwa (es decir, 1949). El preciosista dibujo de la autora y las explicaciones sobre ese amor dramático que parecía imposible entre el sufrido Serge y el caprichoso Gilbert llamaron la atención de un público que todavía estaba descubriendo de qué iba esto del manga. Los artículos que, con los años, se le dedicaron en fanzines y luego revistas especializadas no hizo sino acrecentar el interés por esta célebre obra. Sin embargo, pese al gran aumento de lectores, parecía improbable que este clásico, para colmo BL, llegara a publicarse en castellano. El último clavo en el ataúd de las esperanzas fue descubrir que ni siquiera se había publicado fuera de Japón.

Pero nunca digas nunca jamás. Con el “final” de la crisis económica de hace una década, llegaron nuevos aires al sector editorial, dando un brío renovado al mercado. Con el apoyo de un público ya maduro, deseoso de leer manga diferente y especial, empezaron a editarse cada vez más títulos clásicos, incluso de una de las compañeras de Takemiya en el grupo del 24, como es Moto Hagio. Se abría tímidamente una puerta a que la balada más famosa del manga llegara algún día. Y finalmente el milagro se produjo. En mayo de 2018, Milky Way Ediciones sorprendía y maravillaba con el anuncio de la inminente publicación en España de La balada del viento y los árboles, teniendo además el honor de ser la primera editorial en lanzar esta icónica obra fuera de su país de origen. Para ello, se optó por una edición que recopilaba los 17 tomos originales en 10 volúmenes, como la edición bunko japonesa de mediados de los 90, solo que en un formato más grande, el habitual B6 de la casa. Con un precio inmejorable para tratarse de libros de unas 340 páginas, en agosto de 2018 asistimos al inicio de la historia de amor y odio de los compañeros de internado Serge Battour y Gilbert Cocteau a finales del siglo XIX, que nos tuvo en vilo hasta conocer su desenlace hace apenas unas semanas. Como si se tratase de un último obstáculo del destino, la pandemia provocada por la COVID-19 hizo que el lanzamiento del tomo final se retrasara dos meses respecto a la fecha prevista, alargando así un poco más el sufrimiento de los fieles lectores.

La balada del viento y los árboles se serializó entre 1976 y 1984 en la legendaria revista Shôjo Comic (actual Sho-Comi) de Shogakukan, tras una dura pugna de Keiko Takemiya por dibujarla tal como ella la había concebido, puesto que sus editores pretendían que suavizara algunos aspectos de la historia, en especial las escenas de sexo. Afortunadamente, la autora se salió con la suya y nos dio una obra esencial en la historia del manga. En ella, no esquiva asuntos polémicos precisamente: desde el racismo que sufre Serge por el color de su piel, en tanto que hijo de una gitana, hasta los abusos sexuales y violaciones que se producen en el Instituto Lacombrade, sin olvidar el gusto del pintor Bonnard por yacer con jovencitos hermosos ni la relación incestuosa entre Gilbert y su tío Auguste, quien manipula desde muy niño al muchacho. Todo ello comienza en 1880, en Arlés, en la Provenza francesa, cuando el futuro vizconde Serge Battour llega al prestigioso Instituto Lacombrade, donde tiempo atrás asistió su difunto padre, para cursar sus estudios. Una vez allí, debido a su carácter amable y bondadoso, se le asigna como compañero de dormitorio de Gilbert Cocteau, un egoísta y caprichoso muchacho que no suele acudir a clase y que pasa el día en compañía de chicos mayores, con los que suele mantener relaciones. El choque de personalidades entre Serge y Gilbert los llevará a tener sentimientos encontrados el uno por el otro, variando del amor más asfixiante al odio más visceral según suceden los acontecimientos. A su alrededor se amontonan compañeros del internado, profesores y adultos que, por lo general, tratan de separarlos; unos por el bien de Serge, incapaz de salir de esa relación tóxica fruto de su preocupación por el bienestar de su compañero; otros para poder seguir aprovechándose o manipulando a Gilbert, o bien para ganarse el favor de su pérfido tío Auguste Beau, un poeta hedonista que es el principal donatario de la escuela, donde hace y deshace a su antojo. Incluso se llega a explicar el origen de ambos chicos para entender mejor el porqué de su manera de ser. En definitiva, un dramón en toda regla.

Han pasado varias décadas desde la publicación original de La balada del viento y los árboles. Mucho ha cambiado el manga y mucho han cambiado los gustos de los lectores desde entonces, no cabe duda. Aun así, hoy día sigue quedando claro por qué estamos ante una obra maestra. La intensidad que emana de esta historia sigue teniendo tanta fuerza como el primer día. La dualidad entre sus dos protagonistas balancea el relato constantemente entre la angustia y el alivio, despertando con su actitud y sus actuaciones los mismos sentimientos de amor y odio que tienen ellos. ¿Cómo no adorar a Serge, tan atento y perfecto, pero a la vez no odiarlo por ser incapaz de escapar de las garras de un amor que solo puede traerle desdichas? ¿Cómo no querer proteger a Gilbert como si de un pajarillo indefenso se tratara, pero al mismo tiempo detestarlo por su actitud egocéntrica y orgullosa? Desde luego, el manga no ahorra en escenas escabrosas para el horror -o la satisfacción- de quien pasa las páginas, a menudo con una crudeza de fondo que cuesta ver en el manga actual. El dibujo, plagado de detalles, sigue viéndose portentoso, con una inserción magistral de las onomatopeyas (aunque a veces incluso asusta el exceso de estas por página). La narrativa es digna del culebrón que se cuenta, estructurada en largos capítulos que profundizan en la relación de sus protagonistas y en la psicología no solo de ambos, sino también del elenco que lo acompaña durante su historia. Por esto mismo, a veces deriva en un ritmo lento y la trama parece no avanzar, sino volver sobre sus pasos para repetir situaciones similares a otras de las que ya hemos sido testigos; pese a ello, nuestra mirada se mantiene clavada en las viñetas, cavilando qué nueva desgracia puede estar a punto de sufrir Serge o con qué locura saldrá esta vez Gilbert. Y es que nos encontramos ante un manga donde los sentimientos afloran sin ambages, sobre todo en un personaje sin filtro como Gilbert, que cree que puede hacer o decir lo que quiera sin atenerse a las consecuencias por su cara bonita -literalmente o casi-. Él, más que el bueno de Serge, es el epicentro de la obra.

Ahora que todo ha terminado, cuando echemos la vista atrás y recordemos una lectura tan intensa como esta dentro de un tiempo, la primera imagen que nos venga a la mente sin duda será la de ese pequeño demonio de piel blanca y cabellos rubios. El viento que meció las ramas de la juventud de Serge.